Asistir a una función de cualquier manifestación escénica es a nivel sonoro una experiencia atípica en la cotidianeidad de los sujetos/individuos/espectadores.

El sonido es información constante y omnipresente no podemos bloquearlo, las orejas no tienen párpados, no tenemos herramientas naturales ni artificiales que nos permitan bloquear el continuo sonoro del mundo de manera eficaz. Nuestro cerebro esta constantemente decodificando información a partir de los sonidos del entorno que nos rodea. En el caso de los individuos que vivimos en ciudades esa información en algunos momentos del día es excesiva, agotadora. Entrar a una sala de teatro propone un quiebre sonoro a esa situación, una pausa en el contínuo. Un momento de conexión con la experiencia, sensorial, colectiva y cognitiva. Las salas de teatro, los templos, las iglesias, las salas de concierto, actúan como un filtro sonoro que no solo evita muchos sonidos y ruidos del exterior sino que ademas propone otras sonoridades, lúdicas, extrañadas, mas ajenas o mas propias que el entorno cotidiano.

El artificio sonoro nos permite escuchar sonidos de otras épocas o geografías y sobre todo de otros paradigmas y mundos (reales o imaginarios).

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